Cuando niño, las ideas sobre su destino como músico aparecieron de apoco, como si solo algunas experiencias libraran el bullicio tempranero de la cocción ya hirviendo, de ese futuro musical.
Cuando el impulso de tocar el oboe le quemaba por dentro, su padre le compró un instrumento que comenzó sonando destartalado, y un billete para el bus que lo llevaría al pueblo vecino, donde empieza toda esta historia. De allí al conservatorio y, tal cual, igual que la vida a veces suelta esos rumores de búsqueda de la excelencia, partió en busca de más aprendizaje hacia otros cielos. En Francia y Suiza encontró al profesor Christian Schmitt como inmejorable referente musical y docente extraordinario.
De vuelta en España, su respeto profundo por las actividades de un músico, le llevó fundar una agencia de artistas, productora y editorial musical que dejó de alimentar cuando se hizo “demasiado grande”.
La música lo arrastra continuamente a nuevas búsquedas expresivas. El sonido profundo de su oboe desciende de lo desconocido para posarse en nuestra existencia y recordarnos que somos terrenales.
Diego Aníbal Montes









